Steve Jobs


Steve Paul Jobs nació el 24 de febrero de 1955, en Los Altos, California. Cuando tenía menos de un año, fue adoptado por Paul y Clara Jobs. De su padre biológico se sabe que fue egipcio, y casi nada más. El pequeño Steve hizo la primaria en Mountain View, una cuidad que hoy está en medio del Silicon Valley y en la que entonces ya pululaban varios ingenieros de HP y profesores de la Universidad de Stanford.

Se dice que fue un alumno brillante, pero caprichoso y conflictuado. “Era un llorón”, asegura un ex compañerito en el libro Infinite Loop, de Michael Malone. Un poco más duro, Trip Hawkins, un ex director de Apple, teoriza: “Steve nunca conoció a sus padres. Él hace tanto ruido, grita tanto por todo, que creo que siente que si grita lo suficiente sus padres verdaderos oirán y sabrán que cometieron un error al abandonarlo”. Psicoanálisis salvaje, pero artero.

La secundaria la hizo en Cupertino, otra ciudad del Valle. Ahí conoció a Steven Wozniak, “Woz”, un fanático de la electrónica con quien luego fundaría Apple. Pero antes se divirtieron un poco inventando algunos inventos. Uno de ellos, llamado Blue Box, era una pequeña cajita que permitía hacer llamadas telefónicas gratis. La probaron llamando al Vaticano. Pidieron con el Papa. “Soy Henry Kissinger”, dijo Jobs, haciéndose pasar por el entonces Secretario de Estado. “El Papa duerme la siesta, pero ya lo despertamos”, le contestaron. Colgó.

A los 19 años, Steve comenzó a trabajar en el fabrica de videojuegos Atari. No tenía formación técnica y sus nociones como programador eran escasas. Son muchos los que afirman que para entrar le “pidió prestado” el currículum a Woz. Jobs es el diseñador oficial de Breakout, el histórico videogame de la pelotita que rompe ladrillos, pero sus detractores juran que el real es Woz. Igual, Steve cobró unos cuanto billetes y se fue a la India a encontrarse consigo mismo. Pasó dos años buscándose y desde entonces mantiene un gran misticismo. Además, eran tiempos hippies y la India estaba de moda.

Cuando volvió, vino lo mejor. Steve y Woz estudiaban en la Universidad de Berkeley y se aburrían bastante. Woz seguía con los inventos, pero Jobs quería algo más importante. Se pusieron a trabajar en una computadora personal y la idea gustó. Steve vendió su VW y aprovecharon el garage vacío para montar una empresa. El 1 de abril de 1976 –el Día de los Inocentes estadounidense- nació Apple.

Steve estaba encaprichado: la compañía tenía que llamarse como su fruta favorita. “Porque la manzana es rica, nutritiva, perfecta.” Woz insistía con disparatados nombres tecno. Un día, mientras discutían nombres, Jobs tiró Apple Computers. “Tienes 10 minutos para que se te ocurra algo mejor”. A Woz no se le ocurrió nada. Años después, Apple Records, el selló de The Beatles, reclamó derechos. “No se busquen problemas, nunca nos vamos a dedicar a la música”, los convenció el inventor del iPod con una sonrisa. Ja.

Después vinieron Apple II y Lisa, un fracaso que aportó la primera interfaz gráfica. Todavía se discute si Jobs no se inspiró demasiado en un sistema similar inventado en Xerox PARC.

La empresa era un boom, pero en 1981 Woz tuvo un accidente aéreo y dio un portazo. Muchos juran que estaba harto de los desplantes de un Jobs que comenzaba a ser el alma de la empresa y que miraba a todos desde arriba. Woz fue a recuperarse de sus heridas y a disfrutar de sus millones lejos de su compañero de aventuras. Nunca más volvió.

“¿Querés pasarte la vida vendiendo agua con azúcar o prefieres cambiar el mundo?”, le preguntó Jobs a John Sculley, el presidente de Pepsi. Sculley quedó fascinado por la personalidad de Steve y se mudó a Cupertino para ser presidente de una empresa que ya facturaba 2.000 millones de dólares.

Por entonces, trabajar en Apple era la gloria. Tenían lo mejores sueldos, no había horarios y los viernes era “día de cerveza”. No había preferencias en el estacionamiento. “Pero Steve siempre usaba el espacio reservado para los discapacitados porque estaba cerca de la puerta”, coinciden varios ex empleados.

En 1984, Jobs se quito los jeans y se puso un traje oscuro para presentar a la revolucionaria Macintosh. Pero el negocio comenzó a ir en picada gracias a las flamantes computadoras compatibles de IBM y Microsoft, que en poco tiempo se quedaron con el 90% del mercado. A los 31 años y con el directorio de su compañía en contra, Steve dejó la compañía.

“Jobs encarna los mejores y los perores aspectos de la cultura de Silicon Valley. Puede ser brillante, creativo y carismático y al mismo tiempo cruel y manipulador. Puede inspirar a la gente a hacer grandes cosas o humillarlos tanto como para deprimirlos o mandarlos al hospital”, asegura Alan Deutschman, autor del libro “The second coming of Steve Jobs”.

Está claro que volver era su destino inexorable. Pero para que eso ocurriera tendrían que pasar 11 años. En el medio, Jobs se casó con Laurene Powell y tuvo cuatro hijos, fundó Next –un emprendimiento fallido que pretendió diseñar computadoras para las próximas generaciones- y le compró Pixar Animation Studios a George Lucas. En 1995, levantó un Oscar por Toy Story y desde entonces no para de lanzar éxitos animados.

Cuando lo fueron a buscar de rodillas para que volviera a su oficina de Cupertino, Apple estaba el borde del abismo. Steve pegó un par de gritos y apostó lo poco que quedaba para diseñar golpes de efecto. El primero, iMac. Una computadora moderna, puro diseño y tecnología. Para su presentación otra vez se calzó el traje. El genio estaba de vuelta.

Después, la historia es más o menos conocida: Powerbook, iBook, G4, Mini, la evolución de los sistemas operativos. En el 2000, dio el último gran golpe: iPod, el reproductor de música que para muchos representa el primer ícono tecno-cultural del siglo XXI.

Jobs es un estricto vegetariano. Siempre está obsesionado por la perfección y la estética. “Mi objetivo es estar en la intersección del arte y la ciencia”, se agrandó en la revista Time. Odia la televisión y fue candidato involuntario a presidente de los Estados Unidos. Un site de internet lo postuló y recibió 10.000 adhesiones en 10 minutos y hasta algún dinero para la campaña. “No, gracias. Estoy ocupado con otras cosas”, dijo. Sus detractores murmuran que con sus formas nunca podría ser un buen funcionario y que su pasado hippie –con coqueteos con drogas y una supuesta hija ilegítima- lo condena.