Se han encontrado vestigios de presencia humana en China desde hace casi 2 millones de años, dado que la exploración arqueológica de China es todavía relativamente reciente, se espera que en los próximos años surjan nuevos descubrimientos.
Los restos más antiguos encontrados hasta ahora son el llamado Hombre de Yuanmou, que vivió hace 1,7 millones de años en la Provincia de Yunnan, el Hombre de Lantian, que vivió hace unos 800.000 años en las cercanías de Xi'an, y el Hombre de Beijing, que vivió en las afueras de esta ciudad hace unos 400.000 años y en el que ya están presentes las características básicas del hombre: como es el caminar erecto y el uso del fuego y herramientas.
Los vestigios humanos se multiplican en China a partir de hace unos 200.000 años. Desde entonces hay restos de numerosos homínidos. No obstante, se considera que el chino moderno no desciende de ninguno de estos homínidos, que fueron exterminados por completo por el nuevo homo sapiens procedente de África.
En tiempos más recientes, caracterizan el neolítico chino los restos de la cultura matriarcal de Yangshao (de hace 6.000 ó 7.000 años), y la patriarcal de Longshan, con clanes bien establecidos, y la de Hemudu, en las cercanías de Hangzhou. Todas ellas usaban herramientas de piedra, cerámica, y practicaban agricultura y ganadería además de la caza y recolección.
Un poco posterior, no mucho, se data el establecimiento de las primeras tribus que en la cuenca del río Amarillo darán origen a la nación china. Son los tiempos en que Huang Di, el Emperador Amarillo, al mando de una alianza de tribus, consigue para su pueblo el dominio de las mejores tierras del norte de China, expulsando a sus oponentes, entre ellos los antepasados de los actuales Miao. Tras el Emperador Amarillo, el héroe civilizador de esta tribu, surgen otra serie de reyes, hoy mitificados, que donan a los chinos lo que será la base de su cultura.
Se dice que la primera dinastía es la dinastía Xia, de la que apenas se tienen noticias, aunque se puede afirmar que gobernó una región del centro de China desde el siglo XXI a.C. al XVI.
La dinastía Shang (Siglo XVI a XI a.C.), su sucesora, está bastante mejor documentada, no sólo por los antiguos historiadores chinos, sino por los abundantes restos arqueológicos descubiertos de su época, especialmente inscripciones en caparazones de tortuga, vasijas de bronce de una extraordinaria belleza, y los restos su capital Anyang, en las cercanías de la ciudad de Zhengzhou.
Donde además de restos de casas y palacios, hay numerosas tumbas de reyes y príncipes con sus esposas y servidores enterrados vivos junto con ellos. Anyang no es más que una de las capitales de los Shang, ya que se dice tuvieron 6 capitales más durante sus 500 años de hegemonía.
La dinastía Zhou del Oeste (S. XI a 770 a.C.), construye en las cercanías de Xian un estado bastante desarrollado, con numerosos funcionarios que realizan tareas de gobierno. Los debates políticos están a la orden del día, la población china crece bajo su gobierno, alcanzando el país dimensiones importantes.
Durante estos años aparecen las primeras obras literarias. Pero los nómadas del Oeste codician las riquezas que se acumulan en las ciudades chinas, y su hostigamiento constante fuerza a los Zhou a trasladarse al Este, a las cercanías de Luoyang, se la llama entonces Zhou del Este. Pero su poder es más nominal que real, y los señores feudales cada vez tienen más autonomía, por lo que aunque algunos quieren datar el fin de esta dinastía en el año 221 a.C. la realidad es que acaba mucho antes.
Las Primaveras y el Otoños (770-476 a.C.): El desarrollo de la agricultura y la fundición del hierro va transformando una sociedad de señores y esclavos, existente en las dinastías anteriores en una sociedad más parecida a la Edad Media europea. Llegó a haber 140 Reinos durante está época. Cada uno, un centro de poder. La sociedad experimenta un progreso considerable, los campesinos trabajan para quien les ofrece mejores condiciones. Los pensadores y filósofos viajan de un estado a otro exponiendo a los príncipes su teorías para un mejor gobierno.
Hay una ebullición cultural sin precedentes. Surgen importantes escuelas filosóficas que marcarán la historia de la China posterior: especialmente la escuela taoísta de Lao Zi, que propone un gobierno débil, la escuela de Confucio, que propone un gobierno fuerte, y la legistas de Shang Yang y Han Fei, que propone un gobierno igual para todos. Poco a poco el poder se va concentrando en torno a los estados más poderosos de tal forma que para el año 475 a.C. sólo quedan siete estados, que guerrean continuamente entre sí, es la época llamada de Los Reinos Combatientes (475-221 a.C.) Desde el año 350 a.C. el Estado de Qin, poniendo en práctica las teorías de la escuela legista, que sostenía que el estado debía regirse por unas leyes iguales para todos, alcanza la hegemonía política y militar. Eso posibilitará que Qin Shi Huang derrote a sus enemigos y unifique China por primera vez en el año 221 a.C.
La dinastía Qin. Es la primera dinastía de una China reunificada y mucho más grande que la gobernada por los Zhou. El primer emperador unificó también la moneda, los pesos y medidas, los caracteres escritos, el ancho de los caminos y numerosas leyes más. Construyó enormes palacios en Xianyang para convertir a sus antiguos enemigos en cortesanos, y unificó los fragmentos de muralla construidos durante los siglos anteriores en la Gran Muralla.
Desde que subió al poder inició la construcción de su mausoleo, una parte del mismo, los famosos Caballos y Guerreros de Terracota, han sido descubiertos recientemente. Su crueldad y los numerosos trabajos que impusó al pueblo sembraron el descontento, y tras su muerte, los rebeldes aprovecharon el reinado de un débil hijo, para acabar con la dinastía Qin, y arrasar su capital Xianyang.
Liu Bang estableció la nueva dinastía. La dinastía Han. China prosperó con rapidez. La agricultura, la industria y el comercio florecieron. El general Zhang Qian fue enviado a las regiones del Oeste a buscar los tan necesarios caballos en las continuas guerras contra los hunos, a su vuelta se inauguró la Ruta de la Seda. Las sedas chinas se vendían bien en esas tierras, de las que llegaban productos hasta entonces desconocidos. La dinastía Han ensalza el pensamiento de la escuela confuciana, y comienza a dar forma al entramado de funcionarios que regirá China durante siglos.
Se inventa el papel, lo que ayuda a promover la educación, el sismógrafo y numerosas técnicas nuevas que revolucionan el país. Pero los ideales que contribuyeron a levantar la dinastía van desapareciendo. El disgusto del pueblo va en aumento, surgen revoluciones en diferentes puntos del país. La de los Leñadores Verdes y las Cejas Rojas obligan a trasladar la capital desde Xi'an a Louyang en el año 25. Y la de los Turbantes Amarillos, en el año 184, acabará por poner fin a la dinastía.
Tres Reinos: Wei, Shu y Wu. Son el resultado de la división de China tras la caída de la dinastía Han y las luchas que se extienden por el país. Se unifica brevemente bajo los Jin del Este, para ser desmembrada de nuevo en numerosas dinastías de breve reinado. Destaca en esta época la dinastía Wei del Norte (386-534), fundada por los Tuoba, un pueblo de la familia de los Hunos, que desde sus capitales, primero en Datong y luego en Luoyang, dan un gran impulso al establecimiento del budismo en China, iniciándose la construcción de las majestuosas cuevas que nos han llegado hasta el presente: Yunggan, Longmen, Mogao.
En el año 581, Yang Jian, primer ministro del último emperador de los Zhou del Norte toma el poder, y tras derrotar a las dinastías del Sur unifica China de nuevo, estableciendo la dinastía Sui. Las reformas con las que intenta mejorar la situación del pueblo son traicionadas por su hijo, desencadenándose una sucesión de guerras campesinas que sólo finalizaran con la toma del poder por Li Yuan, en el año 618, que funda la dinastía Tang, con capital en Xi'an.
La dinastía Tang (618-907) lleva a la cultura china a su máximo esplendor. Las artes se desarrollan bajo el patrocinio de la corte imperial. Leyes favorables al bienestar del pueblo dan un periodo de paz, la población crece, el budismo se extiende por China, el comercio con los países cercanos se multiplica. La poesía florece como no lo había hecho nunca. La Ruta de la Seda es una gran autopista por la que llegan nuevas ideas y nuevos pensamientos. La influencia de los Tang alcanza al Centro de Asia. Desde Corea y Japón vienen a China monjes y estudiantes fascinados por la grandeza del imperio.
Los emperadores prohíben a las autoridades locales cualquier abuso sobre los extranjeros. Volverán a su país como embajadores de la cultura china, con las ciencias, las costumbres, los artes y la religión de China. Las rebeliones de An Lushan y Shi Siming, en el siglo VIII, aunque sangrientas, no cuentan con el apoyo de un pueblo satisfecho, y acaban por ser sofocadas por las tropas imperiales. Pero a fines del siglo siguiente la corrupción y la injusticia crean resentimientos por todo el país. Nuevos levantamientos acaban con la dinastía Tang en el año 907. Le sigue un periodo de guerras y desordenes que dura 50 años, conocido en la historia china como: Las Cinco Dinastías y los Diez Reinos (907-960).
La dinastía Song (960-1279), unifica de nuevo el país. Pero hostigada por los pueblos del Norte tiene que aceptar tratados humillantes. Las presiones sobre los campesinos para poder pagar su tributo a los reinos del Norte renueva la tensión entre ellos. Los levantamientos son frecuentes. El protagonizado por Song Jiang en Liangshanbo, será inmortalizado por la novela "A la orilla del agua". Los Song acaban por ser expulsados del Norte de China, trasladando su capital a Hangzhou, donde florecerán las artes y las letras hasta que la dinastía Yuan, de los mongoles, conquiste China.
Gengis Khan, elegido jefe de todas las tribus mongolas en el año 1206 provoca un movimiento militar que en unos años convertirá a su pueblo en el dueño de un imperio que se extendía desde Europa Oriental hasta Vietnam. Las pequeñas dinastías que gobernaban el Norte de China no son oposición para los mongoles, y la resistencia de los Song sólo es efectiva unos años, hasta que Kubilai, su nieto, acaba con los últimos generales y establece la dinastía Yuan (1271-1368) con capital en Beijing.
Los mongoles diseñan una sociedad étnicamente estratificada: arriba los mongoles, en segundo término otros pueblos aliados de la estepa, bajo ellos los chinos del Norte y al fondo de la escala social los chinos del Sur. La injusta situación no dió gran estabilidad a la dinastía, y en cuanto el poder militar de los mongoles fue decreciendo, las revueltas se hicieron más peligrosas. En 1351 se da el levantamiento llamado de los Turbantes Rojos, por el color de las telas con que se cubrían la cabeza los sublevados. Una nueva rebelión en la región de Nanjing pondrá fin a la dinastía. Fue durante la dinastía Yuan que dos de los primeros viajeros de Occidente, Marco Polo e Ibn Battutah, conocieron China, quedando ambos profundamente impresionados por lo que vieron.
La inestabilidad en el Norte durante los últimos siglos había trasladado el centro económico de China, desde el valle del río Amarillo al del Yangtze, a cuyas orillas Nanjing, Suzhou y Hangzhou, poco más al Sur eran florecientes centros económicos. Los mongoles habían reparado el Gran Canal, haciéndole llegar hasta Beijing para poder recibir los productos del Sur. Cuando Zhu Yuanzhang tomó el poder en 1368 y fundó la dinastía Ming (1368-1644) estableció su capital en Nanjing, un claro reflejo de la realidad china. El tercer emperador de la dinastía, Chengzu, sin embargo trasladó la capital a Beijing, posiblemente huyendo de las luchas dinásticas. Esto será fatal al final de la dinastía, cuando el derrocamiento de los Ming por los campesinos ponga al alcance de los manchúes una desarmada capital del imperio
Durante la dinastía Ming los contactos con el exterior se multiplican. En el siglo XIV, Zheng He, el más famoso navegante comanda 7 flotas de numerosos navíos y miles de hombres, recorriendo los archipiélagos del Sudeste Asiático, la India, Persia, incluso Africa y Australia fueron escalas de sus viajes.
Poco después de los viajes de Zheng He, los primeros navegantes portugueses hacían su aparición en las costas chinas. Pronto la presencia de misioneros y comerciantes se haría familiar en las ciudades costeras. Los emperadores Ming no veían con buenos ojos los deseos misioneros de penetrar al interior del país, el propio San Francisco Javier, uno de los más ardientes adalides de esta tarea, moría frente a las costas de China en 1552. Otro español, el agustino Martín de Rada, estuvo en Fujian en el año 1575, en sus detalladas descripciones se basó el Padre Mendoza, de la misma orden para escribir en 1588 su Historia de China, durante muchos años la obra más importante publicada en Europa sobre el imperio celeste. La llegada del jesuita italiano Mateo Ricci a Beijing, donde consiguió convertir a algunos príncipes y eunucos, facilitó la penetración de los misioneros.
Pero la dinastía Ming estaba ya en sus peores momentos. Al gobierno despótico de los últimos emperadores se sumó una participación cada vez mayor de los eunucos en las intrigas de la corte, y un levantamiento popular acabó con ellos en el año 1644.
Los manchúes, que habían establecido su capital en Shenyang, desde donde hostigaban a los chinos, vieron el camino abierto, y tras un paseo militar sobre Beijing instauraron la última dinastía: La dinastía Qing. Al igual que los mongoles unos siglos antes, practicaron una segregación étnica de la población. Con dos de sus emperadores Kangxi y Qianlong, alcanzó China su máxima extensión. Pero su grandeza, basada en la represión militar del pueblo, y especialmente de las minorías étnicas con numerosas guerras contra los Miao, empezó a desmoronarse en cuanto éstos se debilitaron.
Era la época en que las potencias europeas comenzaron a frecuentar el puerto de Cantón, donde los barcos británicos comerciaban principalmente con seda y té. Para ajustar el déficit comercial contraído con los chinos, que exigían se les pagara en oro, los ingleses comenzaron a introducir en China el opio que cultivaban en la India. El emperador prohibió ese comercio, no sólo por sus nocivos efectos sobre el pueblo, sino porque revertía la balanza comercial, ahora a favor de los británicos, y envió a Cantón al comisionado Lin dispuesto a asegurarse que se cumplían sus órdenes.
La Guerra del Opio. La destrucción de un cargamento de opio inglés en el puerto de Cantón, sirvió de pretexto a los ingleses para atacar Cantón. Es la que se llamó I Guerra del Opio, en la que los atacantes, tras una fácil victoria, impusieron a los chinos el Tratado de Nanking (el primero de los llamados Tratados Desiguales) por el que el gobierno chino indemnizaba a los ingleses por el opio destruido y gastos de la guerra, cedía la isla de Hong Kong, y abría otros 5 puertos al comercio exterior, entre ellos Shanghai.
La decadencia de la dinastía Qing era evidente. Los campesinos cada vez estaban más pobres y explotados. Numerosas revueltas surgieron, la más importante de las cuales fue la liderada por Hong Xiuquan en 1851, que iniciando sus actividades entre los Zhuang, pronto se hizo con el control de gran parte del centro y sur de China estableciendo el Reino Celestial Taiping con capital en Nanjing, que adoptó unas medidas revolucionariamente igualitarias.
La debilidad imperial fue aprovechada por Francia e Inglaterra que lanzaron la II Guerra del Opio en 1860, aumentando su influencia sobre China. Rusia y Japón aprovecharon también la debilidad de los Qing, agudizada por las intrigas palaciegas de Cixi, que desde la sombra dirigió los últimos años de imperio, y tomaron diversos territorios chinos.
Aunque los primeros movimientos de reforma surgieron a finales del siglo pasado entre una burguesía china que se iba industrializando, la emperatriz Cixi los reprimió con dureza. En 1899 surgió el movimiento patriótico Yi He Tuan (conocido en Occidente como los Boxers por su dominio de las artes marciales), dispuesto a acabar con la influencia extranjera. Sólo provocó una nueva invasión y saqueo de Beijing por parte de las Ocho Potencias, (Inglaterra, Francia, Alemania, Estados Unidos, Rusia, Japón, Italia y el Imperio Austro-Húngaro).
La ciudad prohibida
China estaba en ebullición, las ideas occidentales habían penetrado con sus productos, y la corrupción imperial llegaba a su cenit. En el año 1911, los Republicanos, liderados por Sun Yatsen consiguieron acabar con el último emperador, apenas un niño, y con ella, con el sistema imperial vigente durante 2.000 años.
China se vio de nuevo desmembrada entre los diferentes Señores de la Guerra, auténticos reyes de los territorios que controlaban. En medio de ese caos se fundó el 23 de julio de 1921 el Partido Comunista Chino en Shanghai, entre sus fundadores se hallaba Mao Zedong. La influencia de los comunistas entre unos campesinos depauperados creció rápidamente.
En esas fechas Chiang Kaishek se hizo con el control del Partido Nacionalista, sometiendo a los señores de la guerra, de tal forma que, a principios de la década de los 30, las dos fuerzas principales de China eran estos dos partidos. Una ofensiva nacionalista en 1934 obligó a los comunistas a abandonar sus bases en Jiangxi, y realizar la Larga Marcha, que a través de 12.000 km les llevaría a su refugio en Yan'an, cerca de Xi'an. Allí se fraguaron las principales teorías militares que Mao pondría en práctica para conquistar el poder. Los enfrentamientos entre comunistas y nacionalistas cesaron en 1937, ante la invasión de Japón.
En dos años Japón se hizo con el control de toda la línea costera de China, tomando Nanjing, donde masacró a la población civil, y bombardeando las zonas de importancia fuera de su alcance. Ni los nacionalistas quisieron enfrentarse al ejército japonés, ni los comunistas pudieron. Japón fue derrotado por Estados Unidos al final de la Segunda Guerra Mundial, y sólo entonces abandonó China, en el bando aliado. Comunistas y nacionalistas se enfrentaron de nuevo hasta que los segundos fueron derrotados refugiándose Chiang Kaishek con los restos de su ejército, en Taiwan.